De pequeño tuve que escuchar aquella maléfica frase de “si sigues así serás un fracasado toda tu vida”. Si entonces no entendía demasiado lo que aquella riña significaba, menos lo entiendo hoy.

Cuando era un niño, se entendía que alguien era un fracasado cuando no era válido para estudiar. Punto. Porque ese pobre desgraciado no podría ser nunca un médico, un banquero o un abogado. No podría entonces ser una persona considerada de éxito, lo que le condenaría a ser un fracasado de por vida.

Demasiados damnificados por este tipo de ideas, crecimos con la idea de que en el mundo las personas se dividían en dos grandes grupos; uno formado por ganadores y otro por perdedores. Y que estar en un equipo o en el otro dependía de nuestra educación académica y de la suerte de haber nacido en cierta parte del mundo. Lo peor es que, en algún momento de nuestras vidas, llegamos a creer que fracasar era lo peor que le podía pasar a cualquier persona.

Unas de las definiciones de fracasado que he encontrado es esta: “Alguien que no ha conseguido en la vida la posición o el estado a los que aspiraba”. Si nos ceñimos a esta definición podemos entender que prácticamente el 99,99% de los seres humanos del planeta somos unos fracasados. ¿Quién realmente ha vivido su vida tal y como la había imaginado? John Lennon dijo: “La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Tenemos pánico al fracaso porque no nos gusta que las cosas sucedan de forma distinta a cómo habíamos imaginado ya que nos sigue dando miedo equivocarnos. Pero debemos entender que fracasar no es la excepción, es la norma y que jamás llegaremos al éxito sin antes haber pagado el peaje del fracaso.

Si vamos a montar a caballo por primera vez queremos que todo sea idílico, que la experiencia resulte placentera y que en diez minutos tengamos el control total del animal. Pero todo lo que vale la pena en esta vida no se aprende en diez minutos. Por tanto, si te caes del caballo, te levantas y vuelves a subirte de nuevo en la silla, no estarás fracasando, estarás aprendiendo, entrenándote para el éxito.

“Lo intentaste. Fracasaste. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, Samuel Beckett.

Fracaso no es hacer algo nuevo y hacerlo mal, es no seguir intentándolo hasta conseguir hacerlo con éxito. Fracasar es darse por vencido, es quedarse en el suelo, es seguir gateando en vez de querer aprender a caminar. Charles Dickens aseguraba que el fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender. Así es. Se aprende de los errores, no de los aciertos. De lo rápido que sepamos levantarnos, después de caer, dependerá nuestra madurez para adaptarnos al cambio.

Puedes mirar hacia atrás y comprobar que todo lo que ha pasado en tu vida no era lo que querías. La cuestión es cómo has aprendido de todo lo que has vivido para convertirte en la persona que eres hoy.

Todos hemos cometido errores en el terreno laboral y en nuestras relaciones personales pero no por ello hemos dejado de trabajar, ni hemos dejado de relacionarnos con otras personas. No hemos entendido nuestra existencia como un camino de penurias sino como una carrera de obstáculos donde debemos esforzarnos para ir superando todas las trabas que se cruzan en  nuestro camino.

Cometer errores es un síntoma de haber intentado alcanzar una meta así que debemos sentirnos orgullosos de habernos equivocado. Se aprende de cada tropiezo, cada caída es el entrenamiento que nos mantiene en forma para enfrentarnos a todo aquello nuevo que nos propongamos. Así que fracasa todo lo que puedas, nunca dejes de hacerlo.

Imagen: Pixabay

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