La rutina está instaurada en nuestra mente mucho más de lo que creemos porque, una cosa es seguir las obligadas rutinas de llevar los niños al cole o ir a trabajar y otra muy distinta es aquella que, casi sin ser conscientes, nos auto infringimos.

Rutina…¡ay rutina! ¡Cuánto te odio y cuánto te busco cuando no te encuentro..! Nos sentamos siempre en el mismo lado de la mesa, hacemos los mismos recorridos usando siempre el mismo lado de la acera, comemos siempre el mismo tipo de comida, hablamos siempre con las mismas personas y dedicamos nuestro tiempo de ocio a las mismas cosas de siempre.

Somos perezosos y parece que nos sentimos cómodos y seguros en una vida llena de rutinas, unas costumbres que odiamos tanto como necesitamos.

Nos empeñamos en echar mano de la rutina en aquellos momentos que nada nos obliga a seguirla, incluso en nuestro tiempo libre.

Somos rutinarios por naturaleza porque, aunque nos cueste confesarlo, la rutina nos proporciona un estado de seguridad al que estamos más enganchados de lo que nos atrevemos a reconocer.

Os cuento una experiencia personal que viví y que me parece oportuno recuperar para este artículo de hoy. Hace un año fui con mi familia a una casa de colonias. La noche que llegamos, todas las familias nos sentamos donde pudimos para cenar.

A la mañana siguiente, al llegar la hora del desayuno, observé que casualmente estaba sólo libre la mesa donde mi familia y yo habíamos cenado la noche anterior.

 Al llevar un rato sentado, pude percatarme de que no había sido una casualidad que justamente estuviera libre la misma mesa en la que cenamos horas atrás.

Todas las familias se habían colocado exactamente en los mismos lugares que la pasada noche. No sólo en las mismas mesas,  también en las mismas sillas. Es como si el día de llegada nuestro trasero hubiera sido programado para ocupar el mismo asiento durante el resto de fin de semana.  Da que pensar.

Existen rutinas en nuestro día a día que podemos y debemos romper. Somos capaces de descubrir cosas nuevas si ponemos empeño en ello. Sí, sé que es fácil acomodarse a lo que ya conoces, pero descubrir cosas nuevas es algo que puede resultar verdaderamente emocionante, así que vale la pena intentarlo.

Un cambio de rutinas no tiene por qué ser radical, ahora no se trata de afeitarse la cabeza y dejar mañana el trabajo. Basta con pequeñas acciones que nos ayudarán a descubrir nuevas situaciones que serán la base de un futuro más emocionante.

Haz eso en lo que tantas veces has pensado hacer pero que has dejado de lado a base de excusas, pensando que ya lo harás más adelante, otro día, otro año, otra década.

Practica un deporte nuevo, cambia de lugar de vacaciones, de estilo de música, etc. El mañana es hoy, así que ponte en marcha. El miedo, la pereza o la inseguridad son malas compañeras para un viaje con destino a nuevos retos.

Es más fácil tumbarse a ver la tele que empezar un nuevo hobbie, parece más reconfortante irse al cine que a una ponencia que aporte valor a nuestra profesión. Pero lo más fácil no es lo que te hará salir de tus rutinarios hábitos.

“Si quieres resultados diferentes tendrás que tomar acciones diferentes”, esta frase la he leído tantas veces que ya he perdido la pista de quién fue el primero en pronunciarla, pero es una frase que se puede aplicar a todos las facetas de nuestra vida.

Apúntate a eso que llevas tiempo deseando hacer. Todos tenemos en mente alguna cosa que nos encantaría probar, pero por miedo, pereza o inseguridad no nos atrevemos a hacer.

Como digo no es necesario hacer cambios radicales ni darle la vuelta a tu vida de la noche a la mañana. Pequeños cambios son suficientes para romper con tu rutina y disfrutar más de la vida. Además aumentará la confianza en ti mismo así como la tolerancia a los cambios, lo que acabará abriéndote las puertas a nuevas oportunidades.

¿Qué me dices? , ¿salimos un ratito de la serie?, ¿que vas hacer para ser menos rutinario?

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