La educación que recibimos de niños cumplió con el despiadado propósito de programar nuestro cerebro, de tal manera que veamos con buenos ojos un sistema económico basado en que unos pocos ganen mucho a costa de que una gran mayoría gane poco.

Habitamos en un sistema monetario que nos dijo que ganaremos un euro cuando otra persona lo pierda. Esta idea está tan arraigada en nuestro interior que ya no percibimos este tipo de pensamiento como algo anormal.

Resulta muy diferente nuestra actitud cuando compramos algo a cuando lo vendemos. La persona propietaria de un piso quiera alquilar su vivienda al precio más elevado posible, en cambio, el nuevo inquilino quiere hacerse con la mejor vivienda, pagando un precio bajo de alquiler. A “priori” parece razonable pensar de esta manera, pero vale la pena escarbar un poco en por qué pensamos así.

La mayoría de personas que conozco está atada a una hipoteca con la que pagar su vivienda. Os puedo asegurar que no conozco a nadie que pague ese tipo de préstamo con gusto. Todos coincidiremos en que los intereses que pagamos al banco son desorbitados, pero ¿qué pasaría si nosotros fuésemos el banco?, ¿queríamos que un fontanero pudiera pagarnos la cuota mensual de manera desahogada o preferiríamos que pasara hambre para poder pagarnos mayores intereses y así hacernos más ricos?

Lo peor del sistema monetario actual es la mella que hace en todos y cada uno de los mortales. Unos pocos han hecho creer a muchos que la vida consiste en un regateo constante, donde sobrevive aquel que es capaz de hacer sangrar al prójimo a base de una superioridad económica y social. Nos vendieron que no puede existir una vinculación entre el dinero y la moral. Y no debe ser así, no puede seguir siendo así.

No digo que aquel que tiene un negocio no intente sacar beneficio económico, faltaría más, todos tenemos el derecho y el deber de ganarnos la vida lo mejor posible. Pero este beneficio económico debe ser legal y moral, no puede basarse en el aprovechamiento del prójimo. Es lo que se conoce como negociación “win-win” o dinero feliz. Son ese tipo de negocios en el que gana el que vende pero gana también el que compra. Debe ser un acuerdo en el que ambas partes queden satisfechas.

La gente que paga 700€ por un iPhone 6 queda satisfecha con el producto y paga con gusto ese dineral.

Podríamos abrir el debate de si realmente ese producto debería tener ese importe pero esa no es la cuestión. Alguien vende un producto que alguien está comprando con gusto y ese debería ser el principio base de cualquier negocio.

Personalmente estoy harto de oír hablar de pagos a noventa días a proveedores y/o autónomos y cómo luego esa misma empresa, que demora los pagos, llora por las esquinas cuando se les debe dinero. No me parece lógico. Vivimos en un sistema económico en el que eso parece normal y lo malo es que además es legal. Este tipo de operaciones son las que restan vitalidad a un sistema comercial que debería ser más ético y riguroso a la hora de pagar.

El dinero debería entregarse y recibirse con felicidad. Cualquiera hemos podido sentir en algún momento que nos están timando, que estamos pagando de más por un producto o servicio que no nos ha satisfecho. ¡Y qué poco nos ha gustado eso!

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