Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida, Confucio.

Era bien jovencito cuando se me ocurrió escribir un relato de ficción basado en una historia real. El escrito narraba la vida de un adolescente (que sospechosamente se parecía a mi), que estaba muy poco conforme con su vida. Ese joven se sentaba cada noche a imaginar y escribir cómo quería que fuese su vida. La sorpresa de la historia llegaba cuando una noche ese chico se dormía delante del ordenador para despertar, a la mañana siguiente, en esa vida que él había imaginado y escrito. Afortunadamente –como muchas cosas que escribí en aquellos tiempos- el relato terminó encestado en la papelera de mi habitación pero cierta nostalgia ha hecho que hoy quiera recordarlo y utilizarlo como introducción de este artículo.

Aunque era muy joven y escribía por el efecto terapéutico que siempre ha tenido en mi el ejercicio de aporrear un teclado, parece curioso ver cómo años más tarde ese relato cobra de nuevo vida. Hoy veo esa historia de ficción como una metáfora de un sentimiento que está latente en mí y que he visto en otras muchas personas, que afortunadamente se están cruzando en mi camino.

El que lo ha vivido sabrá muy bien de que hablo. Es esa sensación que empieza como un picor en una parte del cuerpo imposible de rascar, imposible porque quizá es una parte que no es física. Es una señal que te advierte de que, muy probablemente tu vida puede mejorar y que está en tu mano llegar a conseguirlo. Una voz interna que te anima a seguir cuando los demás te piden que pises el freno porque hace tiempo que tú sabes que quieres liderar tu propia vida. Tu autodeterminación es poderosa pero sabes que, de vez en cuando, necesitas escuchar que lo que sientes y, por tanto haces, es lo correcto. La misión de este post es justo eso.

Este artículo es para animar a todos los que están en esa difícil situación de incertidumbre, jugándose tiempo, dinero y respeto. A los que desde sus casas y -después de acostar a los niños- encienden el ordenador para trabajar en su empresa. A aquellos que se acuestan pensando en su plan de negocio para, por la mañana, anotar un nuevo detalle. Los que aprovechan una conversación de ascensor para hacer su particular elevator pitch. Los que envían treinta emails al día y sólo reciben respuestas automáticas o silencio. Los que han publicado un libro que no se vende y ya han empezado a escribir el siguiente. Este post es para esos que no duermen por las noches imaginando un futuro mejor. Para esos que tienen que hacer juegos malabares con las horas del día para seguir en un segundo trabajo que sólo contribuye a ingresar el dinero que paga alguna factura. Pero sobretodo, va dedicado a aquellos que hoy tienen la certeza de que una persona tiene el derecho de ganarse la vida haciendo aquello que le ilusiona.

Mañana despertaremos en esa vida que hoy estamos diseñando.

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